La Vida de los Francsicanos de la Inmaculada

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Un nuevo Instituto nacido bajo la mirada de la Virgen, plantado en el jardin de la Iglesia para sostener al Santo Padre y por la salvación de todas la almas.

Como el Seráfico Padre San Francisco, los Franciscanos de la Inmaculada se esfuerzan en conformarse perfectamente a la pobreza, a la humildad, de Jesus crucificado a traves de una vida de caridad, caridad sobrenatural y pobreza. Ellos están totalmente consagrados a la Virgen Inmaculada siguiendo el reciente ejemplo ofrecido por San Maximiliano Maria Kolbe.
Los Franciscanos de la Inmaculada fueron fundados por los dos hermanos Franciscanos, Fr. Stefano Maria Manelli y Fr. Gabriel Maria Pelletieri. Juntos ellos delinearon una forma de vida para los hermanos, hermanas y laicos siguiendo el ejemplo de San Maximiliano María Kolbe, dando la más plena expresión a la dimensión mariana del ideal y la Regla de San Francisco. Los Franciscanos de la Inmaculada fueron establecidos por el Papa Juan Pablo II en 1990 como un instituto diocesano. El Instituto fue eregido como instituto pontificio para la vida religiosa por Su Santidad Juan Pablo II el primero de Enero de 1998, Solemnidad de Maria Madre de Dios.

 

El Espíritu Mariano de San Francisco de Asis

San Francisco de Asis (1182.1226), el poverello y trovador de Cristo Crucificado, fue y es uno de los más grandes devotos de la Madre de Dios en la historia de la Iglesia. De hecho su vida entera se resume en este empeño: “Vivir la vida de pobreza de Nuestro Altísimo Señor Jesucristo y su Santa Madre, y perseverar en esta hasta el final”. Fue con San Francisco que la devoción a la Virgen Inmaculada empezo a crecer con nuevo vigor en la Iglesia. El canto sus alabanzas en su Salutación a la Bienaventurada Virgen Maria: “Salve oh Señora, Santa Reina, Santa Madre de Dios, Virgen hecha Iglesia...”. Él ensalzó la incomparable unión de Ella con la Santísima Trinidad en su antífona para el Oficio de la Pasión: “Santa Virgen María, entre las mujeres no hay ninguna como tú nacida en el mundo. Tú eres la Hija y la Esclava del Altísimo Rey y Padre del Cielo, Tú eres la Madre de Nuestro Santísimo Señor Jesucristo, Tú eres la Esposa del Espíritu Santo,...” San Francisco no solo le cantó alabanzas e invocó su maternal intercesión todos los dias, sino que fue tan lejos como para confesar sus pecados y faltas a Ella, para asi obtener con mas seguridad la clemencia y el perdón de su Divino Hijo. San Francisco exhortaba a sus hermanos a tener siempre una honda y viva devoción por la Madre de Cristo. De hecho fue el ejemplo del amor y la devoción de San Francisco por Ella el que inició dos grandes movimientos en la Iglesia que han caracterizado a la devoción mariana entre los Catolicos Romanos desde entonces. Esos fueron una inquebrantable fe en la Inmaculada Concepción, y el ardiente y devoto servicio de Ella conocido como total consagración.

Alentados por el ejemplo de su Serafico Padre, los Franciscanos promovieron y popularizaron la devoción a la Madre de Dios a traves de la Iglesia y del mundo durante 800 años. Su trabajo en esta línea ha dado fruto: el venerable Papa Pio IX, declaró el hecho de la Inmaculada Concepcion de la Bienaventurada Virgen Maria, un dogma de la fe en 1854. En la misma línea, el Venerable Papa Pio XII declaró que la Asunción de la Bendita Virgen Maria fuera celebrada inamoviblemente por todos los Catolicos como dogma de la fe en 1950.

San Maximiliano Maria Kolbe: El más fiel seguidor de San Francisco

San Maximiliano Maria Kolbe (1894-1941), un miembro de la Orden de los Hermanos Menores Conventuales, es uno de los más nuevos santos en la Iglesia Catolica Romana. Él fue beatificado en 1973 por el Venerable Papa Pablo VI y canonizado en 1982. El Papa Juan Pablo II aprovechó la ocasion para explicar porqué él había decidido canonizar a San Maximiliano como mártir: porque sacrificando su vida en Auschwitz para salvar la vida de un padre de familia de una muerte cierta en el bunker de la inanición, San Maximiliano Maria Kolbe obtuvo una conformidad particular y extremadamente cercana a Jesucristo, quien mientras nosotros éramos aun pecadores, dio su propia vida para redimirnos de la eterna condenación del Infierno.


San Maximiliano nació en Polonia y estudió para el sacerdocio como Conventual Franciscano en Roma, Italia. Mientras estaba en Roma, fue inspirado a fundar la Milicia de la Inmaculada, una asociación pública de fieles para la conversión y la santificación de las almas por medio de la devoción y del servicio a la Bienaventurada Virgen María. A su regreso a Polonia después de la Primera guerra Mundial, San Maximiliano promovió este movimiento tanto entre los hermanos de su propio instituto como entre el clero diocesano y entre los laicos. En 1923, con la asistencia financiera de los sacerdotes Americanos (de Norteamérica), dio inicio a una revista mensual para los miembros de la Milicia conocida como los Caballeros de la Inmaculada.

La devoción propia de San Maximiliano a la Bienaventurada Virgen, como Mediadora de Todas las Gracias, se derramó a todos los que conocía. En 1928 obtuvo permiso de sus superiores para fundar un nuevo convento, dedicado enteramente a su servicio. Este era y es conocido como Niepokalanow. Se encuentra a unas 60 millas en las afueras de Varsovia, Polonia. En este convento San Maximiliano anticipó por la gracia divina las auténticas reformas del Concilio del Vaticano II, en su consideración de la vida religiosa. Allí, el espíritu mariano de San Francisco de Asís fue vivido una vez más por todos los frailes. Ellos se unieron a Ella mediante los votos de pobreza, castidad, obediencia y consagración total. Ellos oraron, trabajaron y vivieron juntos para la conversión y la santificación de todas las almas a través del mundo, en la manera más rapida, segura y sencilla, esto es, introduciendose a la Bienaventurada Virgen María de acuerdo a las enseñanzas auténticas de la Iglesia Católica Romana.

En 1939 Niepokalanow tenía casi 1.000 hermanos, y publicó varios millones de copias de diarios y revistas, libros, publicaciones periódicas, folletos para promover el conocimiento y el amor de la Bienaventurada Virgen. La Milicia de la Inmaculada había crecido a más de 1.000.000 miembros en casi todas las naciones del globo. Durante la Segunda Guerra Mundial, San Maximiliano fue hecho prisionero por los nazis y enviado al campo de concentración de Auschwitz, donde murió la muerte de un mártir de la caridad.

Renacimiento de la vida y misión de San Maximiliano Kolbe

La comunidad religiosa empezó en Casa Mariana (Frigento, Italia), a lo largo de las líneas y en concordancia con los consejos de San Maximiliano, fue erigida por Su Santidad el Papa Juan Pablo II como un instituto religioso de rito diocesano en 1990. En esa ocasión, el Santo Padre explicó que se trataba de la preservación y propagación de la vida y misión de San Maximiliano Kolbe en la Iglesia Católica Romana.

Este nuevo instituto religioso es conocido como los Frailes Franciscanos de la Inmaculada (también hay un instituto de mujeres, que viven el mismo carisma, conocido como las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada). Los Frailes Franciscanos de la Inmaculada que comenzaron con unos 30 frailes y una casa, en el año 1990 han crecido a más de 200 frailes en 14 casas en 5 continentes. Tres de estos frailes llegaron a América en el invierno de 1991. Hoy la comunidad en los EE.UU. ha crecido a 29. Catorce de estas nuevas vocaciones están actualmente estudiando para el sacerdocio. Sus estudios se llevan a cabo fielmente de acuerdo con la mente del Sagrado Magisterio de la Iglesia, para que sean hijos de la Santa Madre Iglesia, santos y llenos de temor de Dios.

Nuestra vida y Carisma

Una comunidad de oración, de pobreza, de penitencia, en el espíritu de total consagración a la Virgen Inmaculada, a la manera de San Maximiliano María, para que Ella pueda transformarnos, como a San Francisco, en Jesús crucificado, y pueda dejarnos ser consumidos en la conquista de todas las almas para Dios.

Así amamos formular la manera de vida franciscana de una Casa Mariana (o Marian convento), en la que prevalece la observancia de la Regla y Constituciones de acuerdo al modelo de las primitivas comunidades franciscanas y siguiendo el reciente ejemplo que nos ofrece San Maximiliano María Kolbe.

Es el Santo Padre, el Papa Pablo VI, quien nos guió a lo largo de este curso con su palabra inspirada e iluminada. Él es el que recomendo que fueramos completamente fieles a la Santa Regla de nuestro Padre San Francisco, según el espíritu y la letra: "No relajar el espíritu de la Regla antigua ni contradecir su letra." Es él quien urgió a "los fieles, continuar la encarnación de los ejemplos y enseñanzas de nuestro Seráfico Padre", como lo vemos en la vida de San Maximiliano.

Like our father St. Francis, we must perceive that we are called to become like Jesus ("to be conformed to the image of His Son" - ROMANS 8:29), crucified with Him ("I have been crucified with Christ" - GALATIANS 2:19), configured, patterned, according to His death ("grown into union with Him through a death like His" - ROMANS 6:5), transformed into Him, identified with Him ("I live, no longer I, but Christ lives in me" - GALATIANS 2:20).

Al igual que nuestro padre San Francisco, debemos percibir que estamos llamados a ser como Jesús ("para ser conformados a la imagen de su Hijo" - Romanos 8:29), crucificados con Él ("He sido crucificado con Cristo" - Gálatas 2:19), configurados, modelados, de acuerdo a su muerte ("convertidos en unión con Él a través de una muerte como la suya" - Romanos 6:05), transformados en Él, identificados con Él ("ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí"- Gálatas 2:20).

Al igual que nuestro padre San Francisco, en total devoción a los misterios divinos de la Encarnación y de la Redención, debemos siempre tratar de reproducir en nosotros mismos las condiciones de la inmolación de Jesús. En Belén fue en condición de pobreza; en Nazaret, una vida oculta de trabajo, en el desierto fue una condición de aislamiento, penitencia y contemplación, durante su vida pública se entregó a obras de celo, al mismo tiempo que sufre persecución, en su Pasión y Muerte sufrió el desprecio, el dolor y la derrota, en la Eucaristía Él se ofrece a sí mismo como un ejemplo del silencio y la humillación.

Al igual que nuestro padre san Francisco, queremos vivir una condición de fraternidad en el amor de nuestro divino hermano, Jesús, y de nuestra Madre Inmaculada, María, para asi lograr convertirnos en verdaderos frailes ("hermanos") en el nivel sobrenatural de la perfecta caridad teologal.

Como nuestro seráfico padre San Francisco, debemos alcanzar un amor por Jesús que debe sumo, que debe ser apasionado, y por lo tanto un amor en Jesús por nuestros hermanos en nuestra vida común de oración, pobreza y penitencia.

Estos deben constituir los rasgos distintivos de nuestra vida religiosa de acuerdo con el pensamiento del Papa Pablo VI, quien recomendó que seamos fieles al espíritu de San Francisco ", que es un espíritu de oración, de vida austera, de pobreza, y especialmente de un ardiente amor a Jesucristo y a los hermanos" (del discurso de Papa Pablo VI a la Orden de los Frailes Menores Conventuales, 25 de junio de 1969).

"Cuanto más nos hagamos de la Virgen Inmaculada, mejor entenderemos y amaremos al Corazón de Jesús, Dios Padre, la Santísima Trinidad"

Y para que todo esto se puede lograr por el camino “más corto, más seguro, y más fácil", como dice San Maximiliano, tenemos que ser "instrumentos", "materiales", discretos “nadies” en las manos de la Virgen Inmaculada, nuestra Madre y Reina, consagrados incondicionalmente, irrevocablemente, sin límite establecido, hasta llegar a una perfecta unión con Jesús.

Estas son palabras de San Maximiliano:

Our life must be an extension on this earth of Jesus' life by means of Mary" (from a conference on July 5, 1936). "The more we belong to the Immaculate Virgin, the better we will understand and love the Heart of Jesus, God the Father, the Holy Trinity" (from a letter written after November 10, 1934). "One who is consecrated knows that in the Immaculate Virgin and through the Immaculate Virgin one will, in the quickest and easiest possible way, become one with Jesus, on with God. He knows that in and through him She will love Jesus in a matchless, perfect manner, in whatever one may seek to do, whatever be the way... He knows that this is the only way to that sanctity which is the easiest and most sublime, tending to God's greatest glory" (from "Material for A Book").

"Nuestra vida debe ser una extensión en la tierra de la vida de Jesús por medio de María" (de una conferencia el 5 de julio, 1936). "Cuanto más nos hagamos de la Virgen Inmaculada, mejor entenderemos y amaremos al Corazón de Jesús, Dios Padre, la Santísima Trinidad" (De una carta escrita después del 10 de noviembre 1934). "El que se consagra sabe que en la Virgen Inmaculada y a través de la Virgen Inmaculada uno se volverá, en la vía más rápida y fácil posible, uno con Jesús, con Dios. Él sabe que, en y a través de Ella amará a Jesús de una manera inigualable, perfecta, en lo que uno procure hacer, cualquiera sea el camino... Él sabe que ésta es la única manera de que esta santidad, que es la más fácil y más sublime, tienda a mayor gloria de Dios "(de "Material para un Libro").

Nuestra ardiente vida de oración

Nuestro Seráfico Padre San Francisco nos manda en la Santa Regla "orar siempre con un corazón puro a Dios" (Capítulo X).

Todo en nuestra vida da evidencia de que la vida de oración ocupa el primer lugar en importancia, de acuerdo con la enseñanza y el ejemplo de nuestro bienaventurado padre Francisco y San Maximiliano María.

En cada convento de los nuestros debe haber una capilla con el Santísimo Sacramento - verdaderamente el centro de afección para todo el lugar, como para cada corazón consagrado. Si es posible, es aún que se encuentra en el centro físico del convento, en un área de recogimiento y silencio, para facilitar las visitas de los frailes al Santísimo Sacramento.

En cada convento se establece un recinto, que comprende la mayor cantidad de espacio y tantas habitaciones como sea posible. Nadie puede entrar en este recinto, o al claustro, excepto por alguna razón objetiva y con el expreso permiso, para que el silencio puede ser salvaguardado y el recogimiento se preservado en casi todo el convento.

La comunidad excluye con toda prontitud todo lo que produzca el ruido en la fraternidad, la distracción, la disipación y el espíritu del mundo - la radio, la televisión, la literatura profana, etc. - y durante el tiempo y los lugares de mayor actividad, el aumento de los esfuerzos para preservar el alto sitio de la contemplación a través de recogimiento interior y prolongado silencio, en obediencia al mandamiento que nuestro Padre San Francisco expresa en el Capítulo V de la Regla: "¡Trabajen fiel y devotamente, de forma tal que no lleguen al punto de extinguir el espíritu de oración y devoción, al cual las demás cosas temporales deben ceder ".

Los frailes se levantan temprano y rezan el oficio nocturno (Oficio de lectura) mucho antes del amanecer, a fin de expresar nuestra resolución de alabar al Señor, incluso de noche, y para comenzar cada día en un contacto personal con Él. Santa Misa y toda la Liturgia de las Horas, la oración mental y la adoración eucarística, la lectura espiritual y el Rosario se practican fielmente todos los días según el horarium fijado para la comunidad. Así, cada día comienza y luego e empleado enteramente animad por un espíritu de oración incesante: "Orad sin cesar" (1 Tesalonicenses 5:17.).

"Nuestros conventos son verdaderas casas de oración en la que el silencio y la recolección reinan, en los que existe una atmósfera de oración y contemplación."

En nuestra vida de oración buscamos y luchamos fielmente por imitar a la Bienaventurada Virgen María quien "meditaba todas estas cosas en su corazón" (Lc 2,51), especialmente en su vida humilde y trabajadora en Nazaret, donde reflexionamos en su ser "llena de gracia" (Lucas 1:35) y donde vivió en la profunda y amorosa intimidad con Jesús.

Nuestros conventos son verdaderas casas de oración en la que el silencio y la recolección reinan, en los que hay una atmósfera de oración y contemplación. Y en el rostro de cada hermano, recogido y modesto, está siempre la suave gracia y la luz constante de la Virgen en oración.

Nuestro Seráfico Padre San Francisco declaró que quería seguir "la vida de la pobreza de Nuestro Altísimo Señor Jesucristo y de su Santísima Madre", y mandó a sus hijos hacer lo mismo. Es por eso que en el capítulo VI de la Santa Regla de los frailes (la Regla Bulada) escribió que sus hermanos deben "no apropiarse de nada para ellos mismos, ni casa, ni lugar, ni nada", sino que deben ser "como peregrinos en este mundo, sirviendo al Señor en pobreza y humildad, pidiendo limosna con confianza". No se nos permite nada propio, por tanto, ni en privado ni en común, ni en el deseo ni en la realidad, ni interna ni externamente. ¿Por qué? Porque Nuestro Señor Jesucristo y su Santísima Madre eligieron la pobreza.

¡Esta es la "altura sublime de la pobreza exaltada" que es la característica más distintiva de la vida franciscana, y la única posesión celosamente guardada de la Orden de los Frailes Menores! Nosotros, los hijos del Poverello (el "pobrecito") de Asís, a imitación suya, debemos ser testigos calificados de la pobreza de Jesús y su Madre.

El Papa Pablo VI, en un discurso a la Orden Franciscana dado el 12 de julio de 1966, preguntó: "¿Qué virtud debe distinguir principalmente su vida religiosa? Cualquiera conoce las respuestas franciscanas: pobreza, una pobreza que se transforma en amor, que quiere imitar y amar a Cristo pobre, y que considera que Dios es la única riqueza verdadera del alma religiosa". Podemos resumir nuestra vida de pobreza de esta manera: vivir como verdaderos pobres, felices con lo que es estrictamente necesario y lo puramente indispensable para sostenernos a nosotros mismos y hacer nuestro trabajo, esto es, en las palabras de nuestra Santa Madre Santa Clara, " siempre practicar la pobreza y la humildad de nuestro Señor Jesucristo y de su Santísima Madre". Por lo tanto, renunciamos a cualquier derecho a la propiedad efectiva de cualquier cosa, ya sea a título individual o en común. Incluso las cosas estrictamente necesarias, no son los nuestras, sino confiadas caritativamente a nosotros por nuestros benefactores para nuestro uso. San Maximiliano explicó en una conferencia a los hermanos, el 6 de mayo de 1937,

"Nosotros, los de la Orden tomamos el voto de pobreza, en virtud del cual no podemos poseer nada y debemos además pedir permiso para el uso de las cosas. Al mismo tiempo, no podemos dar nada por nuestra propia voluntad. Ninguno de nosotros puede tener ni un centavo. Ni siquiera lo que usamos es nuestro. Sólo se nos da para su uso".

Mientras los materialmente pobres en el mundo pueden tratar de mejorar su condición en la sociedad, nosotros debemos descartar toda posibilidad de mejorar, de elevar nuestro nivel de ser pobres. "Que nuestras casas sean siempre pobres", San Maximiliano escribió en un artículo, "que si San Francisco volviera, ellas puedan ser elegidas por él para morar". Al igual que los pobres, hacemos uso sólo de cosas pobres para nuestras necesidades, nuestra morada, y de los medios necesarios para llevar el apostolado. Así que, todas las adquisiciones de comodidades, cualquier cosa destinada meramente para el placer y la diversión están descartadas, como productos de tabaco, visitas turísticas, cámaras, televisores y radios, vacaciones, etc. Nuestros conventos, de acuerdo con el deseo de San Maximiliano, deben ser simples y modestos, con celdas frugalmente amobladas, camas de madera con colchones de paja, sillas y mesas de madera rústica, paredes pintadas o enyesadas sin pretenciosidad, en el refectorio la mayor simplicidad y frugalidad (mesas de material rústico sin manteles, con utensilios y vajilla simples).

En cuanto al dinero, es impensable para nosotros tener una reserva de dinero en custodia, o una cuenta bancaria en nuestra posesión. Tenemos que usar sólo el dinero necesario para presentes necesidades; y lo restante va a los pobres. Nosotros ordinariamente no podemos aceptar proyectos y trabajos que tienen un ingreso fijo, como una escuela o parroquia. De esta manera compartimos íntimamente la inseguridad económica de los pobres y mantener intacta nuestra disponibilidad al servicio del obispo y al clero. Rechazamos herencias, legados perpetuos, ingresos fijos, seguros de que no sean requeridos por la ley, y cualquier otra cosa de valor que no corresponda con nuestra condición de personas pobres. Para la aplicación de las Santas Misas, para la obra del sagrado ministerio, y para cualquier otro trabajo que hacemos, no tomamos ninguna oferta a menos que sea una mera limosna. Estamos dispuestos y contentos de dar todo sin recibir nada. Y en caso de verdadera necesidad, confiadamente recurrimos a lo que nuestro Bienaventurado Padre Francisco llamó "la mesa del Señor", es decir, pidiendo limosna por el amor de Dios.

La pobreza franciscana es la fuente de la gran alegría y de la paz para nosotros, ya que es, en palabras de San Maximiliano, "la alcancía sin fondo de la Divina Providencia". Es "una virtud de rango real," nuestro Santo Padre San Francisco insistió, "por encima de cualquier otra que haya brillado en el Rey y la Reina" y "verdaderamente nos hace herederos y reyes del reino de los cielos, pobre en bienes terrenales, pero rico en virtudes "(Santa Regla, cap. VI).
Nuestra vida de penitencia

Nuestra Vida de Penitencia

En el testamento que dictó poco antes de que muriera en 1226, nuestro Bendito Padre San Francisco hace referencia a los inicios de su vida religiosa en estos términos: El Señor me concedió a mí, hermano Francisco, comenzar a hacer penitencia de este modo... Y en su muerte, nos dio esta exhortación a nosotros, sus hijos: Haced penitencia con la bendición de Dios. Los primeros compañeros y los primeros frailes, en obediencia y en imitación de su padre que se había convertido, en palabras de fray Elías ', un crucifijo viviente, es justo lo que hace, ¡y con qué fervor! Y tenemos la intención de hacer lo mismo, con la ayuda de Nuestra Señora.

 St. Maximilian, whom Pope Paul VI called, in beatifying him, Francis come alive again for our age, that is, because of his perfect imitation of our Blessed Father, said: Penance, penance, penance! the Immaculate repeated this to Bernadette. And is not this the goal of our Order, the Order of Penitents? Is it not above all fitting for us to accept the Immaculate Virgin's invitation to this and carry this invitation all over the world as something for all times?

San Maximiliano, a quien el Papa Pablo VI llamó, en su beatificación, Francisco que vuelve a la vida de nuestra edad, esto es, debido a su perfecta imitación de nuestro Padre Bendito, dijo: ¡Penitencia, penitencia, penitencia! la Inmaculada repite esto a Bernadette. ¿Y no es este el objetivo de nuestra Orden, la Orden de los Penitentes? ¿No es más apropiado que nada para nosotros el aceptar la invitación de la Virgen Inmaculada a esto y llevar a esta invitación en todo el mundo como algo de todos los tiempos?
¿Cuál debe ser el motivo de nuestra vida de penitencia, de nuestras penitencias diarias? conformarse a Jesús Crucificado, completar en nuestra carne lo que falta a la Pasión de Jesús (a saber, nuestra cooperación, nuestro compartir sus sufrimientos), el sufrimiento por la salvación de las almas, pagando la pena por nuestros pecados y los de los demás.

No es simplemente una cuestión de hacer esta penitencia o esos actos individuales de penitencia, sino imponernos a nosotros mismos voluntaria y amorosamente un programa continuo de vida penitencial que nos pone en un estado de ser continuamente ofrecidos como víctimas con Cristo. Qué es más costoso y desagradable a la naturaleza caída que debe destacarse contra nuestras opciones y nuestro comportamiento para que podamos castigar nuestros cuerpos y llevarlos a la sujeción (1 Cor. 09:27) y soportar siempre en nuestros cuerpos la muerte de Jesús, que la vida de Jesús también se manifieste en nuestros cuerpos (II Cor. 04:10).

En palabras de San Maximiliano: Nuestra inmolación debe ser total, sin reservas. Este espíritu evangélico de penitencia da forma y anima nuestra vida en común: creciente en la oscuridad antes del amanecer, extensas horas de oración en común, el silencio ininterrumpido que atraviesa el convento, la fidelidad y puntualidad en los ejercicios comunes, el trabajo duro sin pensar en la fatiga, el ayuno durante las dos cuaresmas (una en la preparación para la Navidad, otra en la preparación para la Pascua) y en las vigilias de las fiestas de Nuestra Señora, una dieta frugal, simple, comer "todo lo que se pone delante de nosotros" de acuerdo con la Santa Regla, el uso de la disciplina ; sin rehuir de incomodidad y de la dificultad y, por el contrario, la evasión de la facilidad y la conveniencia; frugalidad en todas las áreas del recinto del  convento.

La penitencia debe brillar en toda nuestra persona cuando vamos siempre vestidos con el hábito, día y la noche, un hábito de penitencia en forma de una cruz, un signo perceptible de nuestra muerte al mundo y nuestra conformidad con Cristo Crucificado, al guardar el pelo muy corto, usar sandalias en los pies sin calcetines en verano e invierno, vestidos con un hábito y ropa interior de material barato y, de acuerdo con la Regla, marcado con la bendición de Dios, deshacernos de todo lo que meramente gratifica (tabaco, alcohol, vacaciones, teatro, eventos deportivos, etc.) por no ser conciliables con la vocación de la penitencia y el victimismo.

De hecho, deseamos cada vez más y con mayor fervor para responder a la invitación que Nuestra Señora nos ha dado para vivir la vida de los Frailes Menores de acuerdo a su espíritu más primitivo, expresado de manera tan conmovedora por San Maximiliano en una carta a otro fraile de la Orden que estaba deseoso de unirse a él: Ven con nosotros a morir de hambre, de fatiga, de humillaciones y de sufrimiento para la Inmaculada. (CH. VI).

Nuestra Vida en Común

El objetivo de nuestra vida es ser una comunidad de hermanos en Cristo, hijos de un Padre común en el Cielo, que están unidos por el Espíritu Santo de Amor, una pequeña familia de la que la Virgen Inmaculada es la Madre y Reina: vivir en una fraternidad de amor mutuo que vive de la plenitud de entregarnos a Jesús, quien está real y personalmente presente en la Sagrada Eucaristía, el centro y el corazón de nuestra comunidad, presente místicamente en los hermanos, en particular en aquellos que son menos - los minores -, presentes en todas las creaturas, en vista de que solo  "por Él todas las cosas tienen su existencia." (1 COL 1:17)

Estamos llamados a dar este testimonio de amor total en el seno de la Iglesia y entre los hombres. Tenemos que darlo en la humildad y la simplicidad, en la pobreza y la alegría, como el Santo Padre San Francisco y los primeros compañeros.
La medida de nuestra caridad fraterna es Jesús mismo: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado." (Jn 13:34-5) Para esto, el firme deseo de negarnos a nosotros mismos es un pre-requisito indispensable. El amor de Jesús es el contenido y la esencia de ésta caridad. Nuestra disponibilidad para servir a otros, y nuestra dedicación a nuestros hermanos - estas cosas deben corresponder al delicado, refinado pensamiento de nuestro Santo Padre San Francisco: "Si una madre ama y provee a su hijo natural, ¿cuánto más devotamente no debe uno amar y proveer a sus hermanos espirituales?" (NORMA, CAPÍTULO 6)

Lo que sostiene y guía la vida comunitaria es la obediencia sobrenatural, es esta perfecta obediencia la que nos hace considerar el tener nuestro propio camino egoísta como "vómito", de acuerdo a la enseñanza del Seráfico Padre.

Una vida evangélica de oración, pobreza, demandas de penitencia, pero algunas estructuras: un calendario de los ejercicios comunes de la comunidad, la distribución del trabajo a todos los miembros por el guardián, la custodia de los frugales y necesarios bienes que sirven a la comunidad. Instrumentos muy útiles para la promoción de la vida comunitaria, marcado por la participación fraternal, son las reuniones del Consejo y capítulos de la comunidad.

Es de primordial importancia que el amor de Cristo sea siempre lo que nos anima - "La caridad de Cristo nos urge" (II Cor 5:14) - a vivir en un perfecto reparto de oración y acción, pena y alegría.

Trabajo Apostólico

Dos características gobiernan toda nuestra actividad apostólica: debe ser mariana y, como corresponde a la Ordo Minor, que debe ser menor.

La primera de estas cualidades, esenciales a una comunidad Mariana, debe rendir a María toda la actividad apostólica de acuerdo con el ejemplo maravilloso de San Maximiliano María Kolbe (1898-1941), a quien el Papa Pablo VI catalogo "entre los grandes santos y espíritus proféticos que aferraron, veneraron, y cantaron el misterio de María".

"En el seno de la Inmaculada el alma renace a la semejanza de Jesucristo." (San Maximiliano)

En virtud de nuestro voto de consagración ilimitada y total a la Santísima Virgen María, es nuestra misión y deber dar a María a las almas, para hacer que La descubran y conozcan, para hacer que todos los corazones La amen, utilizando todos los medios en orden de que Ella puede traer almas a Jesús y transformarlas en otros Cristos "en la forma más más veloz, más segura, más bella" (San Maximiliano)

San Maximiliano escribió:
"Tenemos un ideal fijo, libremente elegido y amado... es la Inmaculada. Para ella vivamos, trabajemos, suframos y deseemos morir."

Como Niepokalanow, los Frailes Franciscanos de la Inmaculada están marcadas por este distintivo empeño: "esforzarse, bajo la protección de la Virgen Inmaculada y a través de Su mediación, en convertir las almas y hacerlas santas," por todos los medios lícitos y animados por un espíritu misionero que no concibe restricciones de tiempo o lugar. La otra cualidad, la preservación de un "minoridad" nos hace "sujeto a todos." Y así nuestro ministerio sacerdotal siempre estará sujeto a la voluntad del obispo local y sus pastores.

Fue idea de San Francisco practicar un apostolado auxiliar en servicio a los pastores de la Iglesia. Para salvaguardar ésta completa disponibilidad para el servicio irrestricto al clero, tomamos precauciones para no aceptar como un apostolado cualquieras operaciones fijas (escuelas, universidades, etc) o "ser los últimos en tomarlas" (de manera excepcional o cuando se nos urge a aceptarla como una carga sobre nosotros).

Esta cualidad de "minoridad" da color a nuestras trabajos apostólicos, que dan preferencia a servir a los pobres y humildes y a los más necesitados, en un ministerio de "amor por las almas y una debilidad por asistirlas, ya sea en un grupo para ser servido por buenos, sermones populares, o un individuo, particularmente en el ministerio de la confesión y la dirección espiritual - siempre tan necesaria". (Papa Pablo VI)

En efecto, la "minoridad" constituye la expresión más concreta de nuestra pobreza y penitencia, que están animados por esa oración incesante por la fecundidad del ministerio sacerdotal. "He experimentado", escribió San Maximiliano "que sólo la oración obtiene la gracia de la conversión", y como él dice en otro lugar: "Todo el fruto de nuestras labores dirigidas a la conversión y la santificación de las almas depende de la oración." La oración nos habilita a seguir recibiendo el cuidado maternal del Corazón Inmaculado.