El Crucifijo de San Damián

crocifisso-sandamianoSegún dicen muchos, y con razón, la Iglesia Franciscana más llamativa, entre todas las iglesias grandes y pequeñas de la ciudad de Asís, sigue siendo la Iglesia de San Damián. Que conserva aún el antiguo monasterio, el cual fue el hogar de San Francisco de Asís por un corto tiempo, y luego la residencia de Santa Clara de Asís durante toda su vida.

La iglesia de San Damián -dedicada a los santos mártires Cosme y Damián- está situada en una agradable colina, entre la ciudad de Asís y La Gran Colina de Santa María de los Ángeles. Y es en esta iglesia de San Damián, en donde en tiempos de San Francisco fue expuesto a la veneración de los fieles, un gran crucifijo, -conservado inalterado a lo largo de los siglos-,  que es conocido en todo el mundo y es llamado “El Crucifijo de San Damián”

Actualmente, el crucifijo que se encontraba en San Damián en los tiempos de San Francisco de Asís, está expuesto y se venera en la Basílica de Santa Clara, mientras que en la Iglesia de San Damián se ha colocado una copia exacta.  

El célebre Crucifijo de San Damián se remonta al siglo XII, muy probablemente pintado por un autor desconocido de la región de Umbría (Italia). El estilo es románico pero se advierte la presencia del bizantino oriental, por la presencia, en la ciudad vecina de Espoleto, de una comunidad de monjes de Siria.

El crucifijo tiene una longitud de 2,10 cm y un ancho de 1,30 cm. No está pintado sobre la madera, sino que es un lienzo incorporado a la madera de nogal. Este tipo de crucifijo era muy popular y venerado en las regiones del centro de Italia.

El arte bizantino se caracteriza por ser el arte de los íconos (icona), o sea, no es un arte abstracto, por el contrario, es un arte que a traviesa el lenguaje del dibujo, del color y del simbolismo que hace viva y palpable la presencia de cualquier figura santa representada, llegando casi a ser una teofanía que revela lo divino.

Por ello, ésta pintura atrae y empuja mucho mas a la contemplación; y ya en aquel tiempo, el autor, consciente de este preciado valor y de la difícil tarea que tenia, se preparó antes de empezar a pintar, con periodos de ayuno, oración, y otras prácticas ascéticas mas intensas.

Cuando San Francisco de Asís se detenía a rezar ante el Crucifijo de San Damián,«ojos que miran fijamente llenos de lágrimas la cruz del Señor», escribe San Buenaventura,  su oración se convertía en una contemplación de amor y compasión por Jesús Crucificado que le llenaban los ojos de lágrimas invadiéndole la mente y el corazón. 

 

Sus ojos, en realidad, veían la gran imagen del crucifijo en la forma del “Christus triumphans”; es decir, que ha vencido a la muerte y que tiene por tanto, la cabeza rodeada por una corona de oro en lugar de la corona de espinas; arriba en alto, aparece alentadora también la vista de Jesús que asciende al cielo con el trofeo de la cruz en la mano rodeado de ángeles. En relieve evidente después, aparecen los colores rojo y oro que indican el amor y la divinidad, la sangre y la vida que dominan toda la “icona” contorneada enteramente por el dibujo de gruesas ostras teñidas en la antigüedad, símbolos de eternidad y de belleza.

El rostro de Jesús crucificado, cubierto de una delicada sombra de sufrimiento y soledad, se presenta no obstante vivo y atento; con dos grandes ojos bien abiertos para mirar a quien le reza y lo escucha. El es el viviente. El es vidente y justo delante de este crucifijo San Francisco fijando el rostro de Jesús rezaba con estas ardientes palabras:

Alto y glorioso Dios, ilumina el corazón mío, dame fe derecha, esperanza cierta, caridad perfecta, humildad profunda, cordura y conocimiento, que yo observe tus mandamientos. Amen. (FF 276)

Junto al rostro de Jesús crucificado San Francisco veía en modo particular las llagas sangrantes de las manos y pies crucifijos de Jesús, recordando las palabras de San Pedro Apóstol el cual en su primera carta había escrito que nosotros de sus llagas fuimos todos curados (cf 1Pt 2,25), San Francisco veía de hecho en esta icona, las llagas de las manos y pies de Jesús perforados por dos clavos visibles como dos grandes agujeros negros de los cuales emanan borbotones de sangre viva que fluye abundante sobre las personas que están al pie.

Y propiamente a estas llagas vivas de Jesús crucifijo San Francisco quería recibirlas; y tuvo la gracia de recibirlas en lo alto del monte de La Verna en el día festivo e la exaltación de la Santa Cruz, para realizar la mas llena conformación de amor a Jesús crucificado, y así, -escribe San Buenaventura-el veraz amor de Cristo había transformado al amate en la misma imagen del amado.

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Mirando y contemplando a Jesús crucificado, San Francisco no podía no ver las figuras del grupito de cinco personas que estaban al lado de la cruz: las primeras dos –María Santísima y San Juan evangelista- a la derecha de Jesús las otras tres:-María Magdalena, María madre de Santiago, y el centurión a su izquierda. Al pie de la cruz, después, al lado del borroneo de dos figuras (que presumiblemente eran dos santos Cosme y Damián, titulares de la iglesia)se ve la imagen de dos santos a medio busto, que parecen ser los dos Santos Apóstoles Pedro y Pablo, frecuentemente presentes en las iconas sagradas.

La mas importante de todas las figuras es obviamente la figura de la mama de Jesús , la Adolorada Corredentora que tiene al lado de si a San Juan evangelista, el apóstol virgen predilecto de Jesús (cf Juan 19,26) es sobre el calvario, de hecho, a los pies de Jesús, que María Santísima, unida indisolublemente a su hijo, el redentor único universal, llevo a cumplimiento su misión maternal de única corredentora universal; por esto, propiamente sobre el calvario, ella fue proclamada “Nuestra Madre” por Jesús mismo con las palabras que le dijo, indicando a Juan, representante del genero humano, “este es tu hijo”, mientras a San Juan le dice, indicando a la virgen Santísima “esta es tu Madre”(Jn 19, 26-27).

La figura de María virgen, en la icona del crucifijo de San Damián, se presenta noble y simple, con su velo cándido y bordado que hace pensar en su virginal pureza , mientras el manto rojo que la cubre indica el amor sufrido de la madre corredentora indivisiblemente unida al sacrificio cruento de Jesús su divino hijo redentor.

En la icona, además, María viste una sugestiva túnica de color violeta que evoca con delicadeza y eficacia, una nobleza real unida a la sacralidad del Arca de la Alianza, que estaba recubierto por un precioso velo de color violáceo.

El rostro de María virgen Madre aparece aquí sufrido, pero pacado y sereno en un conjunto armónico de dibujos y colores blandos. De esto se transparenta la certeza de fe de la próxima resurrección del hijo crucificado, después de los sufrimientos indivisibles, morales y físicos, de la pasión y muerte.

En los inicios de su dramática conversión y transformación, no podía no ser confortante para San francisco de Asís – como también para Santa Clara de Asís-la vista de la Virgen Madre presente al lado del crucificado. Para San Francisco de hecho, en los días de su estadía en San Damián, ellas fueron horas decisivas que se proyectaran sobre su futuro y cuantos serán por Dios ligados a el. Y la presencia de la mama, por esto, ocupa un lugar realmente primario para la misión excepcional confiada a el: o sea, la misión de reparar la iglesia generando una nueva familia religiosa, la de los frailes menores, nuevos apóstoles y evangelizadores par enviar por el mundo entero y por todos los tiempos.

Si San Juan evangelista, a los pies de cruz, sobre el monte calvario, “tomo consigo a María” (Jn 19,27), también eso podemos pensar que hizo San Francisco a los pies del crucificado de San Damián. También él, de hecho, poco después se encontró en Santa María de los Ángeles, allí donde recibió de la divina madre la iluminación decisiva sobre la forma particular de vida consagrada a Dios, para vivir en la fidelidad “sine glossa” al evangelio de Jesús, y San Buenaventura afirma explícitamente que San Francisco que propiamente de la Virgen Madre en Santa María de los Ángeles obtuvo de “concebir y dar a luz, el espíritu de la verdad evangélica (ff 1051) .

También San Juan evangelista debía asombrar particularmente a San Francisco, ya sea por la predilección con que Jesús lo amo, ya sea por su unión con la Virgen Madre desde el calvario, ya sea por su admirable evangelio, que, de hecho, San Francisco privilegiaba citándolo e inspirándose a menudo en sus palabras mas que en las palabras de los otros evangelistas.

A demás, San Juan evangelista, el ultimo de los evangelistas, parece en cierto modo prolongarse y reencontrarse en San Francisco de Asís, definido expresamente por el Celano- no cierto por caso- “el nuevo evangelista”(ff 475).

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Seguramente, la pagina de las fuentes franciscanas más altamente expresivas en cuanto al Crucifijo de San Damián, es la que está escrita por San Buenaventura en “Legenda Maggiore”, con la descripción del evento extraordinario del día en que San Francisco vio como el crucifijo le hablo.

Por lo cual, de hecho, san Buenaventura, escribe que San Francisco, «… un día salió a meditar por el campo. Siendo que pasaba cerca de la Iglesia de San Damián, la cual amenazaba estar en ruinas, vieja como estaba. Empujado por el impulso del Espíritu Santo, entró a rezar. Rezando arrodillado delante de la imagen del Crucifijo, se sintió invadido de una gran consolación espiritual y, mientras fijaba los ojos llenos de lagrimas en la cruz del señor sus oídos escucharon que una voz vino hacia él desde la cruz diciéndole tres veces: «Francisco, ve y repara mi iglesia, que como vez, esta toda en ruinas!” ». Al oír aquella voz, Francisco quedo maravillado y todo tembloroso, porque se encontraba solo en la iglesia y, sintiendo la fuerza del lenguaje divino en su corazón, sintió extasiados los sentidos. Vuelto finalmente en sí, obedece, se centra más en reparar materialmente la iglesia, aunque las palabras divinas se refería principalmente a aquella iglesia que Cristo formo con su sangre (at 20,28), lo que más tarde el espíritu santo revelo e hizo entender a los frailes ». (ff 1038).

De hecho, se puede decir que han escrito y comentado un sin número de veces este acontecimiento extraordinario de la misión divina confiada a San Francisco desde el crucifijo de San Damián.

En el corazón del evento de San Damián, en la realidad, vemos que San Francisco está de rodillas, mientras fija a Jesús Crucificado con “los ojos llenos de lagrimas” y escucha las palabras dirigidas a él a través del crucifijo, repitiendo tres veces: -Francisco, ve y repara mi iglesia que, como ves está en ruinas!-.

La interpretación más profunda de estas palabras de Jesús a San Francisco es sin embargo la de San Buenaventura, el cual refleja y explica que la misión confiada a San Francisco  por Jesús es una propia “misión teológica” que viene directamente por Dios y conduce a Dios: una verdadera y propia misión, se podría decir, « in aedificationem corporis christi…quod est Ecclesia», como ha escrito el apóstol San Pablo (ef 4,12).

No puede fallar, de hecho, la inmediatez con la que San Francisco inmediatamente después de escuchar las palabras del Crucifijo de San San Damián, «vuelto totalmente en si, se dispone a obedecer, se concentra totalmente en la misión de reparar la iglesia».

 Estoy pensando, aquí, de las palabras de Jesús: «Bendito es el que oye la palabra del Señor, y la pone en práctica»(lc 11,28).San Francisco, de hecho, en la iglesia de San Damián, al pie del crucifijo, ha escuchado la voz y el mandato de Jesús, repitiendo “por tres veces”, y se pone a trabajar de inmediato, sin prevaricación, trabajando con simplicidad de corazón y simplicidad de mente, operando con sus manos así como él fue capaz de entender las palabras de Jesús en esa situación.   Obedeciendo a esas palabras, así como sonido y significado, confirmando por otra parte el estado de ruina que presentaba la iglesia de los pobres de San Damián.

Es esta obediencia que San Francisco acoge en el aspecto inmediato y concreto del trabajo de restauración de las paredes de San Damián –como lo será también en las otras iglesias de San Pedro y Santa María de los Ángeles-, el Espíritu Santo lo mantendrá en la obediencia, ya que es mas importante trabajar para levantar y restaurar a la  «iglesia que Cristo formó con su sangre ». (cf At 20,28).

Cuando el Papa Inocencio III tuvo una visión en la que vio a la basílica de Letrán que amenazaba con derrumbarse, pero que no se derrumbo porque  «un religioso de pequeña estatura y mezquina apariencia la sostuvo con su propia espalda apoyándola sobre sus hombros», se dio cuenta que San Francisco de Asís era aquel «hombre religioso y santo por medio del cual la iglesia de Dios será relazada y sostenida», como escribían tres compañeros (Ff 1460; vedi pure II Celano [Ff 603] San Buenaventura [Ff 1064, 1342], Salimbene [FF 1631], Angelo Clareno [Ff 2139])

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Entonces, esta “misión” extraordinaria de San Francisco no puede no ser considerada legado y patrimonio de todos los hijos de San Francisco, de todos los franciscanos. Cuanto honor y cuanta responsabilidad en esta “misión” para cada hijo de San Francisco! Hay que reflexionar seriamente, sin embargo, que si son menos los franciscanos de la “misión” de reparar, restaurar y dar apoyo a la iglesia significa que el legado de San Francisco de Asis se dispersa y que la iglesia sufrirá terriblemente, hasta que la misión de salvar a la iglesia tendrá que ir a los demás, con gran vergüenza para los hijos de nuestro Seráfico Padre San Francisco.

Y cuál es la situación actual, de hecho? No hay que no verla, la situación de la época del trabajo en el que luchan el mundo y la iglesia, bajo la amenaza de la agitación y del castigo del “apocalipsis, simbolizado muy significativamente desde el tercer secreto de Fatima, que se abre con una visión de un ángel que está a punto de lanzar en la tierra sin arrepentimiento una espada de fuego que incendiara el mundo entero, si, providencialmente, no retenido por la mano materna de Maria Santisima, la Mediadora de nuestra gracia, con el grito del  angel, repetido tres veces  al mundo entero: “Penitencia!, Penitencia!, Penitencia!”.

Nunca debemos olvidar, en realidad, que el mundo sin arrepentimiento es malo y es cuando iglesia no va bien; y la iglesia no va bien, especialmente cuando son sus “consagrados” que son impenitentes y van mal; y, en particular, la iglesia no va bien cuando somos impenitentes y andamos mal nosotros los franciscanos, que, de hecho tenemos la “misión” de sostener la iglesia, de repararla y restaurarla, siguiendo la herencia del seráfico Padre San Francisco.

Y ahora? Es necesario, ante todo, nosotros franciscanos que rindamos cuentas y que seamos consientes de nuestra gran responsabilidad, que nosotros los franciscanos no eludimos, pues, a nuestra “misión”, y que nosotros nos encargamos de participar diligentemente y urgentemente en el trabajo penitente del sostenimiento y reparación del daño de la iglesia, culpándonos especialmente si en el mundo y en la iglesia las cosas van mal. ¿Qué cosas podrá decir el Seráfico Padre cuando un día nos presentemos como sus hijos en el juicio de Dios? Que serio peligro que el deba decir las palabras de Jesus: -no los conozco!- (cf Mt 25,12)

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Al inicio de la conversación el crucifijo de San Damian se impregno en el alma de San Francisco y se presenta con los sagrados estigmas invisibles, como escribe el beato Tomas de Celano: «de aquel momento [del coloquio con el crucifijo]se fijo en su alma la compasión santa del crucifijo y, como se puede creer piadosamente, en los venerables estigmas de la pasión, aunque todavía no estén en la carne pero si impresos en el corazón». (ff 594; vedi pure 1412).

Al final de su vida, y, dos años antes de la muerte bendita, el cuerpo de San Francisco fue también marcado por el crucifijo de la Verna con los estigmas sangrantes visibles; y cuando bajó del monte de Verna, como escribe San Buenaventura, «portaba en si la efigie del crucifijo no representado en tablas de piedra o de madera de la mano de un artífice, sino grabada en su carne de Dios viviente»(ff 1228). Y aquel Santo estimado fue visto y admirado por los ojos de quienes tuvieron la gracia de verlo cuando San Francisco estaba vivo y antes de morir, antes de la sepultura del cuerpo, como atestigua Celano. (cf ff 486, 516-517), San Buenaventura (cf ff 1232, 1249)

San Francisco estigmatizado, San Francisco crucifijo, San Francisco Cruciforme: en su escuela, y su poderosa intercesión, sobre todo para nosotros los franciscanos, debemos volver a adorar a Jesús animados por la misma marca del Padre Seráfico, de aquel ardor continuo en la breve oración “Absorbeat”, expresada apasionadamente en el amor reciproco en que muere el uno por el otro, el amante y el amado:    «absorbe, te ruego, o señor, con ardiente y dulce fuerza de tu amor de mi mente de todas las cosas que están bajo el cielo, porque yo muero por amor de tu amor,  como has dignado morir por amor mio! » (ff 2095).**

Y, finalmente, como no pensar también en aquella apasionada efusión de amor virginal a Jesús Crucificado de parte de Santa Clara, que por toda su vida, pasada en San Damián, pudo contemplar aquel crucifijo que había hablado al seráfico Padre Francisco? Cuantas y cuales conversaciones amorosas con el Esposo Crucificado habrán llenado y embriagado el alma de Santa Clara! Por esto ella, con su alma transfigurada, pudo escribir a Santa Agnes de Praga, estas sublimes palabras sobre el Crucifijo:

-Mira a tu esposo, el mas bello de los hijos del hombre, venido para tu salvación, despreciado, golpeado en todo el cuerpo y repetidamente flagelado, y muriendo incluso, en el peor sufrimiento de la cruz. Medita y contempla el deseo de imitarlo-(ff 2879); todavía escribe en la misma: -coloca tu corazón en la figura de la sustancia divina transformado a través de la contemplación de la imagen de la deidad[…]. Sin dar ni siquiera un vistazo a las seducciones, que en nuestro mundo yacen inquietas y tienden a cegar a las personas que ataca a su corazón, contempla con todo tu ser a la persona que te ama y se dono por todo su amor-(2888-2889).

Podemos recordar que San Francisco , por su amor apasionado a Jesús crucificado, también tenia, con los visibles estigmas, el sello de identificación para convertirse en todo Cruciforme, Santa Clara, como ha escrito el Celano en la historia de Santa Clara; a lo largo de las expectativas de vida- A cumplir en perfectísima al humilde crucifijo-(ff 3188), y –Familiarizarse el llanto de la pasión del Señor…[que] el amor le ha impreso profundamente en el corazón-(ff 3213), y ella –Para nutrir ininterrumpidamente su alma con la joya infalible del crucifijo, meditaba frecuentemente de las cinco llagas del señor-(ff 3216).

Ambos dos, San Francisco y Santa Clara han tenido la “misión” teológica del sostenimiento y restauración de la iglesia en ruinas. San Francisco con el mandato explicito del Crucifijo de San Damián: -Francisco, ve y repara mi iglesia que, como ves, esta toda en ruinas- y Santa Clara como se menciona en la canonización, -llenar con aromas de santidad todo el edificio de la iglesia-.y para Santa Agnes de Praga, clarisa, ella pudo escribir casi presentando el propio ideal de santidad: -colaborador del mismo Dios y sostenedor de las ramas débiles y vacilantes de su inefable cuerpo, la iglesia-(ff 2886).

Por San Francisco y Santa Clara estrechamente unidos en adoración al crucifijo de San Damián, es muy expresivo aquel crucifijo del siglo XIII, expuesto sobre el altar mayor de la Basílica de Santa Clara, en Asís. Al pie del Crucifijo, de hecho, se representa, arrodillado, San Francisco, que apoya su mejilla en la herida del pie derecho de Jesus Crucificado; Santa Clara también de rodillas, con las manos juntas extendidas por encima del pie izquierdo del Crucificado.

Los dos juntos se pueden aplicar al versículo que se refiere el evangelista San Mateo , María de Magdalena y la otra María, las cuales a la vista de Jesús resucitado, -se acercaron a sus pies y lo adoraron-(mt 28,9) y basta recordar, que el crucifijo de San Damián se representa como el “Christus Triumphans”.

 

Last modified on Saturday, 31 May 2014 13:59
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