Decimotercer Día El Santo Bautismo

 

MARÍA: La gracia de Dios te ha enriquecido desde tu nacimiento. Saliste a la luz llorando. Eras muy pequeña, pero tu alma tenía necesidad de Dios. Una barrera humanamente infranqueable se interponía entre tú y Dios. Eras esclava del pecado original. Naciste con la maldición que el primer hombre te pasó como triste herencia. Este pecado original te privaba de gran bien: la amistad y familiaridad con Dios.

El Señor te devolvió una nueva vida, al incorporarte a Jesucristo, tú, una criatura de Adán, te convertiste en una criatura del Redentor, una criatura del nuevo Adán de quien heredaste la bendición.

El agua salvadora del Bautismo descendió sobre tu frente… los cielos se abrieron, el beso de la misericordia de Dios te renovó; así fuiste purificada y emergiste santa e inocente porque te encontraste unida a Jesús el Redentor, quien con su Sangre había lavado todo pecado. ¡Cuántos ángeles pasaron por tu cuna para contemplar la belleza sublime de tu alma que se había vuelto inocente y una pequeña criatura de Dios!

Siempre recuerda con gratitud esa gracia que Dios te confirió. Serás capaz de medirla solo en la eternidad.

Con el Bautismo Jesús te incorporó a sí mismo, pero preservó intacta tu libertad y tu estado de ser una exiliada y una peregrina. Por esa razón hiciste promesas al Señor que fueron como la consagración de tu libertad a Dios.

Con el Bautismo fuiste elevada a un estado superior y así renunciaste a todo lo bajo y vil que el mundo reúne y te ofrece como pasto para tu naturaleza más baja, y para el demonio. Renunciaste al mundo, a la carne y al demonio y te ofreciste a Dios, al Redentor y al Espíritu Santo en cuyo templo viviente te convertiste.

Cuando te sientas atraída hacia la tierra y escuches las sugestiones del mundo, de la carne y del demonio, recuerda tus promesas y no desacralices más la gracia del Bautismo. Recuerda que eres cristiana y no debes deshonrar este carácter Bautismal con una vida material y desordenada.

Porque estás incorporada en Jesucristo, debes glorificarlo en tu vida y estando en su fragancia.

EL ALMA: ¡Oh Madre mía, cuántas lágrimas amargas debería derramar a la remembranza de mi Bautismo! ¡Yo era hermosa e inocente; era agradable a Dios y aun así me he degradado con tantos pecados! ¡Levanta la debilidad que han causado tantas heridas y concede que pueda lavar mis pecados con las lágrimas de la pena más profunda! ¡Cuántas veces estuve avergonzada incluso de ser cristiana y he vivido completamente sumergida en el espíritu del mundo! ¡Cuántas veces he manchado el vestido de mi inocencia! Oh Inmaculado Corazón de María, recíbeme en ti misma y ten piedad de esta pobre y pequeña flor, la cual fue rota tan a menudo, a la cual tantas veces le fueron arrancadas sus hojas por un huracán o por el mal.

ASPIRACIÓN: Oh María, hazme verdaderamente cristiana, hazme leal a las promesas hechas en el Santo Bautismo.

PEQUEÑA TAREA: Reflexiona que el mundo es un embaucador y solo sabe cómo dar amargura incluso cuando promete placeres y triunfos.

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