San Francisco es como la raíz de un árbol siempre en flor que da frutos de santidad. Desde sus inicios hasta hoy, su espíritu vivo y dador de vida ha movido a hombres y mujeres de todos los ámbitos de la vida, nación y cultura a seguir sus pasos. A lo largo de los siglos, las diversas reformas en el seno de la gran familia franciscana, como ramas de un mismo árbol, han propuesto siempre volver a esa raíz, según las sensibilidades y necesidades de su tiempo.

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La Porciúncula

Es en la Porciúncula de S. Maria degli Angeli donde la Orden Seráfica ha echado sus “raíces” haciendo suya la “Causa de la Inmaculada Concepción”. San Maximiliano M. Kolbe, con su “La ciudad de la Inmaculada Concepción” constituye en nuestro tiempo uno de los frutos más genuinos de esa raíz toda seráfica y toda mariana. Él es el protector de nuestros tiempos difíciles.

Legado Kolbeano

La figura de Kolbe y su acción es una herencia espiritual que los franciscanos de la Inmaculada, frailes, monjas y laicos, han acogido plenamente y con su voto mariano de consagración total a la Inmaculada Concepción se comprometen a traer al mundo a Cristo Salvador. , con ejemplo y palabra, contemplación y acción, a imitación de la Santísima Virgen María, la primera misionera del Evangelio.

 

Huella Mariana

A las puertas del Tercer Milenio, nacieron los Franciscanos de la Inmaculada Concepción como respuesta al decreto conciliar Perfectae caritatis que invitaba a los religiosos a “volver a las fuentes” marianas de la vida franciscana que es su expresión mariana.